Black Label Society - Engines Of Demolition

Ver a Zakk Wylde de vuelta en su propio búnker después de pasar los últimos años rindiéndole tributo a Pantera genera una mezcla fuerte de expectativa y morbo. Había ganas de saber si la energía de esa mega gira iba a contagiar a Black Label Society o si el viejo Zakk iba a volver a refugiarse en su zona de confort. La respuesta es Engines of Demolition, un disco que funciona exactamente como su nombre lo indica: una máquina pesada, predecible, pero que cuando arranca te pasa por encima a pura tracción a sangre.
El álbum abre al hueso con el tema homónimo, “Engines of Demolition”, y ahí nomás te queda claro que Zakk no se olvidó de cómo fabricar riffs con afinaciones caídas que te vibran en el pecho. El groove es asfixiante y el clásico armónico artificial —ese chillido de guitarra que es su marca registrada— dice presente cada dos compases. En canciones como “Iron Overlord” y “Born to Bleed”, la banda suena monolítica, apuntalada por los machaques de John DeServio en el bajo. Además, Zakk mete unos solos kilométricos repletos de escalas pentatónicas a la velocidad de la luz que te vuelan la cabeza y demuestran que contractualmente sigue siendo uno de los guitarristas más salvajes del planeta.
Por supuesto, no sería un disco de BLS sin su momento melancólico frente al piano. “Ghost of a Smile” cumple con esa cuota de balada rutera, densa y cargada de herencia sureña a lo Lynyrd Skynyrd, donde la voz áspera de Zakk, muy en la vena de Ozzy Osbourne, transmite una honestidad que se agradece entre tanta distorsión.
Sin embargo, si rascamos un poco la pintura, aparecen los puntos flojos que venimos arrastrando hace rato. El principal problema del álbum está en la producción de la batería de Jeff Fabb; tiene un audio tan procesado y plano que por momentos parece una máquina de ritmos en lugar de un tipo dándole con alma y vida a los parches. A esto se le suma que la sombra de Pantera es gigante. Temas como “Vandalize” tienen riffs que directamente parecen descartes de la época de Cowboys from Hell, dejando en evidencia que Zakk quedó muy mimetizado con el estilo de Dimebag Darrell tras las giras con la banda texana. El disco fluye bien, pero hacia la segunda mitad se vuelve repetitivo, girando sobre las mismas estructuras de siempre sin arriesgar ni un milímetro.
El verdadero corazón del álbum aparece en el cierre con “The Last Prince”, una balada descomunal que Zakk le dedica explícitamente a su mentor, amigo y padrino musical, Ozzy Osbourne. Lejos de la pirotecnia de las guitarras pesadas, acá Wylde se sienta al piano y desnuda su voz para regalar un homenaje en vida emocionante, cargado de melancolía sureña y arreglos de cuerda que erizan la piel. Es un agradecimiento explícito al tipo que lo sacó del anonimato y cambió su destino para siempre. Ese tramo final redime los momentos más predecibles del tracklist y le aporta una madurez y honestidad brutales al trabajo.
Al final del camino, Engines of Demolition cumple con creces lo que le pedimos a Black Label Society, pero gana un plus enorme por su carga humana. Es un disco sólido, ideal para poner de fondo en la ruta, que juega sobre seguro en los riffs pero que te termina conquistando cuando apaga los amplificadores para honrar la historia del metal.
