Deep Purple – Splat

Que una banda con más de cincuenta y cinco años de trayectoria, que ya sobrevivió a todas las modas, tragedias y cambios de formación posibles, edite un nuevo disco de estudio en 2026 es un milagro que merece ser celebrado. Pero lo que encontramos en Splat, el vigésimo cuarto álbum de Deep Purple, va mucho más allá de un simple ejercicio de nostalgia para cumplir con los contratos. Bajo la atenta mirada del legendario productor Bob Ezrin, las leyendas británicas demuestran que todavía tienen combustible en el tanque y, sobre todo, muchas ganas de jugar con fuego en el estudio.
La gran expectativa de este lanzamiento estaba puesta en una sola persona: Simon McBride. Tras la salida de Steve Morse, el guitarrista irlandés debutó formalmente en el estudio con la banda, y su impacto es inmediato. McBride le inyectó al grupo una dosis de adrenalina, velocidad y mugre bluesera que reactivó la vieja maquinaria. Canciones como la de apertura o la rockera “Sharp Shooter” reviven ese glorioso e histórico duelo sónico con el órgano Hammond de Don Airey. La química entre ambos es electrizante, tirándose solos endemoniados que remiten directo a los años dorados de la banda, pero con un sonido moderno.
A nivel rítmico, lo de Ian Paice en la batería roza lo absurdo. A sus 78 años, el tipo sigue sosteniendo el groove de la banda con un swing swing y una precisión que ya quisieran muchos pibes de veinte, jugando de memoria con el bajo siempre sólido de Roger Glover. Sin embargo, cuando nos ponemos el traje de críticos implacables, hay un factor ineludible que nos obliga a bajar un cambio, y ese es el estado vocal de Ian Gillan. Seamos justos: el tipo es una leyenda viviente, pero el paso del tiempo no perdona. Sus icónicos gritos agudos al estilo "Child in Time" ya son parte del pasado. Gillan se refugia en un registro mucho más bajo, casi hablado o recitado en clave de blues. Bob Ezrin hace magia en la consola metiendo efectos, reverberaciones y coros para apuntalarlo, logrando que suene digno, pero la falta de potencia es evidente en las pistas de audio más exigentes.
A pesar de este bache lógico en las voces, el disco triunfa porque se nota que la banda se divirtió componiendo. Hay espacio para el rock clásico, el prog de la vieja escuela e incluso algunos destellos de humor en las letras. Splat no viene a competir con los monumentos intocables del pasado como Machine Head, pero se planta con orgullo como un trabajo vibrante, vital y jodidamente entretenido. Deep Purple demostró que la madurez no tiene por qué ser aburrida y que, mientras tengan un riff caliente en las manos, el viaje sigue valiendo la pena.
Un regreso con una energía tremenda para los veteranos.
