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RESEÑAS

Immolation – Descent

10 DE ABR DE 2026POR RIFF INFORMATIVORESEÑAS
Immolation – Descent
Mantenerse en la cima del death metal más oscuro por casi cuatro décadas sin haber dado un solo paso en falso es una hazaña que muy pocos pueden anotarse en el currículum. Los neoyorquinos Immolation pertenecen a esa estirpe de bandas intocables que operan como una garantía absoluta de calidad. Cuatro años después del demoledor "Acts of God", la agrupación liderada por Ross Dolan regresa con Descent, su duodécimo disco de estudio. Y lo que nos entregan es, una vez más, una clase magistral de disonancia, opresión y esa atmósfera apocalíptica y anticristiana que patentaron antes que nadie. El álbum es un viaje que te sumerge en las profundidades del abismo desde el primer segundo. La gran fortaleza del trabajo radica, como siempre, en la mente brillante de Robert Vigna. El tipo sigue demostrando por qué es uno de los guitarristas más originales del metal extremo: sus riffs no buscan la velocidad lineal del thrash, sino que avanzan como una masa de lodo hirviendo, llena de acordes, giros impredecibles y enfermizos que te desarman la cabeza. Temas como “The Broken Gate” y “Descending Order” son monumentos a la tensión, donde la voz cavernosa y profunda de Ross Dolan truena con una autoridad que congela la sangre. A nivel compositivo, el disco está repleto de dinámicas interesantísimas. No todo es machaque ciego; en canciones como la hipnótica “Atonement of the Flesh”, la banda baja las revoluciones para arrastrarte por pasajes doomeros y densos que te hunden el pecho, logrando que los estallidos posteriores de furia tengan el doble de impacto. Sin embargo, si nos ponemos el traje de críticos implacables, hay un detalle en las perillas que nos deja un sabor agridulce. La producción a cargo de la histórica dupla de Paul Orofino y Zack Ohren es sumamente nítida, pero peca de moderna en el peor de los sentidos para una banda de este calibre. El mayor damnificado es Steve Shalaty: su laburo en la batería es una locura de velocidad y contratiempos inhumanos, pero el audio de los parches quedó un toque artificial y plano en la mezcla. Al final del camino, Descent es un testimonio de coherencia y poderío que aplasta cualquier intento de discusión. No viene a reinventar el sonido de Immolation porque, seamos honestos, nadie en su sano juicio querría que lo hagan. Un disco que quizás flaquee un milímetro en el audio de la batería, pero que compensa de sobra con la genialidad de sus riffs y una oscuridad que pocas bandas sobre la tierra son capaces de replicar.