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RESEÑAS

Lamb of God – Into Oblivion

14 DE MAR DE 2026POR RIFF INFORMATIVORESEÑAS
Lamb of God – Into Oblivion
Hay algo curioso en Lamb of God: siguen siendo uno de los nombres más grandes del metal americano, y sin embargo cada nuevo disco viene acompañado de la misma pregunta. ¿Cuándo fue que alcanzaron su techo? ¿En Ashes of the Wake? ¿En Wrath? Into Oblivion, el décimo álbum del quinteto de Richmond, no viene a cerrar ese debate. Pero tampoco a ignorarlo. Lo que sí hace, desde el primer riff del track que da nombre al disco, es dejar claro que estos tipos todavía saben cómo sonar amenazantes. La decisión de recuperar influencias *core de sus primeros años le da a varias canciones una brutalidad que no se sentía hace tiempo. Los breakdowns de "The Killing Floor", los golpes de Art Cruz en "Bully", las guitarras de Willie Adler y Mark Morton moviéndose como si el tiempo no hubiera pasado. Hay un nervio ahí que funciona. "Sepsis" es la pista que más se aparta del molde. Arranca con casi 30 segundos de bajo en solitario, encuentra un groove más lento y oscuro, y Randy Blythe alterna gruñidos con algo que roza el “spoken word”. No es una reinvención, pero dentro del disco se distingue con claridad. "El Vacío" también intenta algo distinto — más contenida, más limpia — aunque la mezcla no le hace ningún favor: Blythe queda sepultado debajo de los instrumentos justo cuando más espacio necesitaba. "A Thousand Years" apunta al rock más accesible, con intenciones que se entienden pero que no terminan de convencer. Ahí está el problema central del disco. Into Oblivion tiene los ingredientes de siempre bien ejecutados — riffs con vuelta, batería precisa, voces que rasgan — pero cuando intenta expandirse, la producción aplana todo en un bloque uniforme. Sin dinámicas reales, sin aire entre las texturas, muchos momentos suenan más parecidos entre sí de lo que probablemente suenan en la sala de ensayo. Es una queja que sobrevuela el metal moderno en general, pero acá pega más porque son canciones que merecerían más espacio para respirar. Lo que queda cuando termina el disco es una banda que claramente disfruta lo que hace. No hay señales de agotamiento en la ejecución. La pregunta es si ese disfrute es suficiente para quien espera que Lamb of God los sorprenda. Para el fan de toda la vida, Into Oblivion es exactamente lo que necesitaban: groove, peso, Blythe peleando contra el mundo. Para quien esperaba otra cosa, el disco confirma lo que ya sospechaba. Treinta y dos años de carrera, diez discos, y todavía en movimiento. Eso no es poca cosa.