Moonspell - Lobos Nocturnos

El Teatrito de calle Sarmiento fue el refugio elegido para recibir a la manada. Moonspell regresó a la Argentina un viernes de marzo de este 2026 para celebrar los treinta años de Wolfheart (1995), el disco que definió su identidad y los instaló en el centro del metal gótico europeo.
Esta no fue una noche de nostalgia: fue un reencuentro con una obra que marcó a una generación, ejecutada de principio a fin en el orden original del álbum (con un infiltrado en medio) y con la precisión de una banda que lleva tres décadas habitando su propio universo.
Agradecemos a la familia Icarus por la acreditación y la confianza para documentar este reencuentro con una obra inmortal.
Con el recinto aún con muchos huecos, Leshy copó el escenario con su propuesta de folk metal: caras pintadas, energía y un sonido que fue acomodándose hacia el final del set. En los veinte minutos que estuvieron sobre las tablas dieron todo lo que tenían. Cumplieron con seguridad y se retiraron con aplausos con los pocos que llegaron temprano al recinto.
La demora posterior —casi cuarenta minutos— se aprovechó para charlar con colegas y amigos mientras a nuestras espaldas el escenario ya tomaba forma para recibir a los portugueses.
El Teatrito había mutado lentamente.
La música ambiental y la iluminación fueron transformando el lugar en algo distinto.
No era una sala de shows. Era una cueva de lobos.
Los aullidos del público inauguraron la intro con el telón aún cerrado y las luces apagadas. Cuando se abrió, Fernando Ribeiro y su combo fueron recibidos con alegría después de tanta espera.
El arranque no fue del todo limpio: algunos problemas técnicos en los primeros temas y las visuales de la pantalla tardaron algunas canciones en funcionar. Detalles que no cambiaron lo esencial.
"Wolfshade (A Werewolf Masquerade)" abrió el recorrido por Wolfheart y desde ese primer acorde el público dejó de ser espectador.
El tracklist del disco avanzó en orden cronológico hasta que llegó la única interrupción planificada: "Tenebrarum Oratorium (Andamento I)", pieza que arrastra sus raíces hasta Under the Moonspell.
Ribeiro se tomó su tiempo para presentar cada canción. Esa pausa entre tema y tema funcionó como parte del ritual, no como interrupción. "Vampiria" llegó con toda su carga: velocidad, melodía, teatralidad y uno de los riffs más reconocibles de la discografía del grupo.
La presencia de Eduarda Soeiro fue uno de los puntos más altos de la noche. Su voz limpia y de una nitidez impresionante no compitió con la profundidad grave de Ribeiro sino que se entrelazó con ella, construyendo una comunión que pocos dúos vocales logran sostener en vivo.
Pedro Paixão, por su parte, sostuvo los climas desde los teclados —incluyendo el uso del teclado de tubos— con una técnica que no pasó desapercibida para quienes prestaron atención.
"Alma Mater" era, obviamente, el momento que todos esperaban. Antes de comenzar, Ribeiro hizo elevar los puños, presentó a cada integrante de la banda y luego dejó que la canción hiciera lo suyo.
Lo que siguió fue una explosión: el público coreó cada palabra como si fuera propia, como si ese "Mother tongue" trascendiera idiomas y se convirtiera en algo más parecido a la pertenencia que al simple seguimiento de una letra.
Las luces del Teatrito viraron hacia tonalidades rojizas mientras Ribeiro se dirigía al público.
Sin dudas fue el pico emocional de la noche, de eso no quedan ninguna duda.
Luego del repaso íntegro del álbum, la noche se extendió hacia otros territorios. "Opium", de Irreligious (1996), elevó el metal gótico hasta otro nivel de intensidad. "Extinct" mostró la evolución del sonido de la banda sin romper la coherencia del set. El público fiel, sostuvo la energía hasta el final mientras la banda prometía volver pronto.
El cierre fue con "Full Moon Madness", que arrancó con algo que nadie coordinó pero todos hicieron: el aullido colectivo del público como intro. Predecible en el mejor sentido.
Nos retiramos con nuestra piel humana hacia la cueva, bajo la luz de la luna, guardando el recuerdo de una ejecución elegante. La bitácora queda sellada: el lobo interno muta, pero su aullido permanece intacto en nuestra vida.
