Together to the Stars – Iridescence

Si algo sabemos de la escena sueca, es que llevan la melodía en el ADN. Da igual qué tan podrida o extrema sea la propuesta; siempre encuentran la forma de meter una línea de guitarra que te abra el pecho. Con Iridescence, el cuarto disco de Together to the Stars, pasa exactamente eso, pero llevado al extremo de sus propias capacidades. Este es un álbum pandémico de contrastes absolutos, autoproducido en su propio estudio y que marca el debut en las voces de Rafael Rönnberg. El resultado es un viaje de Blackgaze y Post-Black Metal que es tan hermoso como, por momentos, agotador.
El disco funciona en dos temperaturas radicalmente opuestas y te revolea de una a otra sin pedirte permiso. La primera es la calma flotante: guitarras limpias ahogadas en reverb, sintetizadores que se sienten como una capa de escarcha y una melancolía que te envuelve por completo. La segunda es una pared de sonido masiva, un bloque ruidoso y saturado de guitarras distorsionadas y gritos desesperados.
El inicio con “Ichor” te deja claro el mapa de ruta, pasando de una intro mística a una tormenta violenta en segundos. Pero donde el grupo realmente toca el cielo es en canciones como “Som en Glödande Krona” (con un pasaje limpio en su idioma nativo que es pura genialidad) y la monumental “Pale Asters”, una pieza de once minutos que arranca con un susurro íntimo que eriza la piel, para después estallar en un torbellino de agresión melódica. El cierre con “Panopticon” funciona como la liberación definitiva, terminando con uno de los crescendos más luminosos y emotivos que vas a escuchar este año.
Ahora, vamos a ponernos críticos, porque el Blackgaze vive y muere por su dinámica; ese espacio intermedio entre el susurro y el rugido tiene que respirar. Y acá es donde el disco tropieza un poco. En las secciones pesadas, la mezcla está tan al límite del volumen (el famoso brickwalling) que termina aplanando la música. Los medios altos se vuelven un toque fatigosos para el oído, los platillos crujen de más y el bajo pierde la forma bajo el muro de guitarras. Es una paradoja: los momentos que fueron diseñados para pasarte por encima pierden impacto porque están demasiado apretados. En cambio, los pasajes acústicos y atmosféricos suenan gloriosos, llenos de aire y profundidad.
¿Esto arruina la experiencia? Para nada. El nivel compositivo de la banda es altísimo y la interpretación es impecable. Iridescence es un despliegue de texturas fascinante y un clarísimo paso al frente en la identidad de la banda. Es, en definitiva, un disco excelente que brilla con luz propia, aunque irónicamente te pida que le bajes un par de puntos al volumen para poder apreciar lo bueno que realmente es.
